De Salón Privado a Espectáculo Global: La Historia de las Pasarelas

Modelos en la pasarela durante una presentación de NAGARA en Bangkok

Imagen: Jade ThaiCatwalk / Shutterstock

Mucho antes de las primeras filas, las cámaras y las transmisiones en directo, mostrar una colección era un acto íntimo. La transformación de aquellos salones privados en uno de los grandes escenarios culturales de la moda cuenta también la historia de cómo cambió nuestra manera de mirar la ropa.

Hoy resulta difícil imaginar la moda sin una pasarela.

Durante unos minutos, un espacio puede transformarse por completo. La música comienza, las luces cambian y una sucesión de prendas que meses antes existían apenas como bocetos adquiere movimiento frente a una audiencia.

Pero la pasarela no siempre fue un espectáculo.

Antes de las celebridades en primera fila, de las escenografías monumentales y de las colecciones que recorren el mundo en segundos a través de una pantalla, presentar moda era una experiencia considerablemente más privada.

Y entender cómo llegamos de aquellos salones a los grandes desfiles contemporáneos permite comprender algo más que la evolución de una industria.

Permite entender cómo la moda aprendió a contar historias.

Los Primeros Salones de la Moda

A finales del siglo XIX, París ya ocupaba una posición privilegiada dentro de la moda occidental. Las mujeres con recursos acudían a las casas de costura buscando prendas realizadas específicamente para ellas y la relación entre diseñadores, clientas y talleres era mucho más directa de lo que sería después.

Charles Frederick Worth ocupa un lugar fundamental en esa transformación. El Victoria and Albert Museum lo reconoce como fundador de la alta costura y le atribuye un papel decisivo en el desarrollo del desfile de moda: en lugar de esperar únicamente a que una clienta encargara una pieza, Worth presentaba colecciones de diseños que podían observarse antes de realizar un pedido.

La idea parece sencilla vista desde el presente, pero modificaba profundamente la relación con la ropa.

La prenda dejaba de existir únicamente como respuesta a la solicitud de una clienta. El creador comenzaba a proponer una visión.

Las modelos —entonces conocidas habitualmente como mannequins— mostraban las prendas frente a grupos reducidos de posibles compradoras. No existía todavía la pasarela tal como la reconocemos hoy. Había salones, proximidad y una atención concentrada en el vestido.

Lo importante era verlo moverse.

Porque una prenda sobre una mesa o en un dibujo podía mostrar una idea. Sobre un cuerpo mostraba algo diferente: proporción, caída, movimiento y presencia.

Allí se encontraba ya el principio de algo que la moda nunca abandonaría.

Fotografía histórica de un grupo de mujeres reunidas en un salón
Imagen: Everett Collection / Shutterstock

De Presentación Comercial a Ritual

Con el crecimiento de las grandes casas de alta costura durante el siglo XX, aquellas presentaciones fueron adquiriendo estructura.

Las colecciones comenzaron a organizarse por temporadas y los desfiles desarrollaron sus propios códigos. Durante buena parte de la historia de la alta costura, incluso el orden de aparición de las prendas seguía determinadas convenciones: distintos tipos de ropa de día daban paso a propuestas más formales y finalmente a los vestidos de noche.

El vestido de novia solía cerrar la presentación, una tradición que todavía aparece ocasionalmente en las pasarelas contemporáneas.

Pero aquellos desfiles continuaban siendo encuentros relativamente exclusivos.

En casas como Dior y Balenciaga, el acceso estaba cuidadosamente controlado. Según documenta el Victoria and Albert Museum, las colecciones podían mostrarse primero a la prensa, después a compradores internacionales y posteriormente a clientas privadas.

Christian Dior presentaba sus colecciones en salones concurridos y perfumados. Las presentaciones de Cristóbal Balenciaga podían extenderse durante horas y desarrollarse prácticamente en silencio, interrumpido únicamente por el número que identificaba cada diseño.

Dos maneras muy diferentes de presentar moda.

Y allí comenzaba a hacerse evidente algo que posteriormente sería fundamental: la forma de mostrar una colección también podía decir algo sobre quien la había creado.

La Pasarela Descubre el Espectáculo

A medida que avanzó el siglo XX, la presentación comenzó a liberarse progresivamente del salón.

La moda se relacionaba cada vez más con la fotografía, las revistas, la música, el cine y una cultura popular que avanzaba rápidamente.

Las modelos dejaron de ser únicamente cuerpos que mostraban una prenda. Su manera de caminar, su personalidad y su presencia comenzaron a formar parte del espectáculo.

Uno de los momentos que mejor representa esa transformación ocurrió el 28 de noviembre de 1973, en el Palacio de Versalles.

La denominada Battle of Versailles nació como una actividad para recaudar fondos destinados a la restauración del palacio. Cinco diseñadores franceses —Yves Saint Laurent, Pierre Cardin, Hubert de Givenchy, Emanuel Ungaro y Marc Bohan para Christian Dior— compartieron escenario con cinco representantes de la moda estadounidense: Bill Blass, Stephen Burrows, Halston, Anne Klein y Oscar de la Renta.

No era simplemente otro desfile.

La presentación combinó moda, música, danza y espectáculo ante una audiencia internacional.

Y produjo un cambio simbólico importante.

La moda estadounidense adquirió una visibilidad extraordinaria frente al dominio histórico de París. También destacó la presencia de diez modelos negras en el grupo estadounidense, un elemento que el propio Palacio de Versalles señala como excepcional para la época.

La pasarela ya no servía únicamente para enseñar ropa.

Podía desafiar jerarquías.

La Pasarela Se Convierte en Escenario

Durante las décadas siguientes, algunos diseñadores comenzaron a utilizar el desfile como una extensión directa de su universo creativo.

El lugar, la iluminación, la música y la puesta en escena dejaron de funcionar simplemente como fondo.

Se convirtieron en lenguaje.

Pocos diseñadores llevaron esa idea tan lejos como Alexander McQueen.

Sus presentaciones podían acercarse más al teatro o al performance que al desfile tradicional. En VOSS, para Spring/Summer 2001, la colección se desarrolló alrededor de una gran estructura de cristal. En The Widows of Culloden, para Autumn/Winter 2006, una aparición de Kate Moss recurrió a una ilusión escénica inspirada en una técnica del siglo XIX conocida como Pepper’s Ghost.

La ropa seguía siendo fundamental.

Pero ya no estaba sola.

El público no asistía únicamente para descubrir qué se usaría la próxima temporada. Asistía para entrar, durante algunos minutos, en el mundo que el diseñador había imaginado.

Ese cambio alteró también las expectativas.

Una colección podía ser hermosa. Una presentación memorable necesitaba provocar algo más.

Modelos con diseños blancos entre candelabros durante una presentación de moda
Imagen: Jade ThaiCatwalk / Shutterstock

La Primera Fila Adquiere Otro Significado

Durante décadas, ocupar un asiento en un desfile significaba pertenecer a un círculo relativamente pequeño: compradores, prensa especializada, clientas importantes y figuras relacionadas con la industria.

Con el tiempo, esa primera fila se convirtió también en una herramienta de comunicación.

Actores, músicos y otras personalidades comenzaron a ocupar posiciones cada vez más visibles. La llegada de Internet, los blogs y posteriormente las redes sociales amplió todavía más el público.

Ya no era necesario estar dentro de la sala para participar de alguna manera en el momento.

Y en 2009 ocurrió un punto de inflexión.

La presentación de Alexander McQueen, Plato’s Atlantis, Spring/Summer 2010, se convirtió en el primer desfile transmitido en vivo por Internet, a través de SHOWstudio.

La puerta del salón acababa de abrirse de una manera imposible de revertir.

De Invitados Exclusivos a Audiencias Globales

Hoy una colección puede comenzar a circular por el mundo antes de que la última modelo abandone la pasarela.

Un vestido aparece en una pantalla. Una imagen se comparte. Un fragmento de video cruza continentes. Una persona que jamás habría recibido una invitación a un desfile puede observarlo prácticamente al mismo tiempo que quienes ocupan la primera fila.

La exclusividad física permanece.

La exclusividad visual, mucho menos.

Ese cambio ha obligado también a los diseñadores a pensar en múltiples audiencias simultáneamente.

Existe la persona sentada en la sala.

Existe el comprador.

Existe la prensa.

Pero también existen millones de personas que conocerán la colección únicamente a través de una fotografía o de unos segundos de video.

La pasarela contemporánea debe funcionar en todos esos espacios.

Ese alcance también permite que la moda latinoamericana encuentre su propia voz y que Puerto Rico se proyecte con una firma propia.

El propio V&A Dundee, en una exposición dedicada a más de un siglo de historia de las pasarelas, describe precisamente esa evolución: desde los salones privados de finales del siglo XIX hasta las experiencias inmersivas y transmitidas en directo de la actualidad.

Quizás por eso algunas presentaciones se han vuelto extraordinariamente ambiciosas mientras otras han elegido precisamente lo contrario: reducir el escenario y devolver la atención casi exclusivamente a la ropa.

Ambas decisiones dicen algo.

Porque después de más de un siglo de evolución, incluso la ausencia de espectáculo puede convertirse en una declaración.

¿Para Qué Sirve una Pasarela Hoy?

La pregunta resulta especialmente interesante en un momento en que una colección puede descubrirse mediante fotografías, videos, lookbooks y plataformas digitales.

¿Por qué seguir reuniendo personas en un mismo lugar para observar ropa caminar frente a ellas?

Quizás porque la moda continúa siendo una experiencia física.

Una fotografía puede mostrar un vestido.

Pero no siempre muestra cómo se mueve.

Un video puede registrar una colección.

Pero no necesariamente reproduce el sonido de una sala, la escala de un espacio o ese instante en que una prenda aparece y modifica la atención del público.

También existe algo más difícil de medir.

La expectativa.

Durante unos minutos, todos observan lo mismo al mismo tiempo.

En una cultura acostumbrada a consumir imágenes individualmente y a una velocidad extraordinaria, esa atención compartida conserva un valor particular.

Mucho Más Que Ropa Caminando

La historia de las pasarelas podría contarse como una sucesión de diseñadores, fechas y colecciones.

Pero su evolución resulta más interesante cuando se observa de otra manera.

Primero fue una forma de acercar una prenda a una clienta.

Después se convirtió en una manera de presentar una colección.

Más tarde comenzó a construir la identidad de una casa.

Se transformó en espectáculo, plataforma cultural, herramienta de comunicación y finalmente en un acontecimiento capaz de existir simultáneamente dentro de una sala y frente a millones de pantallas.

Sin embargo, algo permanece sorprendentemente intacto desde aquellos primeros salones.

La ropa necesita ser vista en movimiento.

Porque antes de convertirse en fotografía, producto, tendencia o archivo, una prenda fue creada para encontrarse con un cuerpo.

Y quizá por eso, después de tantas transformaciones, seguimos mirando cuando comienza a caminar.

Scroll al inicio