Imagen: LIGHTITUP / Shutterstock
Estos días estoy en Puerto Rico, en la casa donde crecí. Un lugar al que siempre regreso con muchísima ilusión, porque aquí viví algunos de los momentos más felices de mi vida.
Y esta vez, junto a esa ilusión, también está la nostalgia.
Es una mezcla de sentimientos. Por un lado, me siento afortunada de haber vivido tantas cosas bonitas aquí. Por otro, esos mismos recuerdos que hoy atesoro tanto también me hacen extrañar aquellos días.
Miro a mi alrededor y pienso en tantas cosas que ocurrieron aquí. Conversaciones, momentos cotidianos, pequeños detalles que entonces eran parte de un día cualquiera y que hoy tienen un valor inmenso para mí.
A veces son recuerdos de cosas tan sencillas que, cuando las vivía, ni siquiera imaginaba lo importantes que llegarían a ser.
Y creo que eso es lo que más me ha hecho pensar durante estos días. En cómo muchas veces vivimos momentos maravillosos sin detenernos demasiado en ellos, simplemente porque forman parte de nuestra vida cotidiana.
No es que no los valoremos. Es que estamos tan acostumbrados a tenerlos que nos cuesta imaginar cuánto podríamos llegar a extrañarlos.
Hoy agradezco profundamente cada una de esas experiencias. Qué bueno haber estado aquí. Qué bueno haber vivido tanto. Y qué difícil puede ser, a veces, recordar con tanta felicidad y sentir nostalgia al mismo tiempo.
Quizás deberíamos prestar un poquito más de atención a esos días normales, a esas pequeñas cosas y a las personas con quienes los compartimos. Atesorarlos mientras los tenemos, sin esperar a que el tiempo nos enseñe cuánto significaban.
Por cierto… si tan solo supiéramos, mientras los vivimos, cuáles son esos días que algún día daríamos cualquier cosa por volver a tener.
