Imagen: Rudchenko Liliia / Shutterstock
Hay cosas que no se acomodan, a pesar de nuestros esfuerzos por corregirlas.
A veces son detalles mínimos. Nada grave. Nada urgente. Pero se quedan ahí, llamándonos la atención, como si no terminaran de aceptar el lugar que les dimos.
Entonces insistimos.
Volvemos a mirarlo. Lo corregimos una vez más. Probamos otra alternativa. Pensamos que quizás con un pequeño ajuste ahora sí quedará como debía quedar desde el principio.
Y, sin darnos cuenta, terminamos entregándole demasiado a algo que tal vez no lo merece tanto: tiempo, energía, atención.
No siempre hacemos eso porque el asunto sea importante. A veces lo hacemos porque nos cuesta tolerar lo imperfecto. Nos incomoda lo que no termina de resolverse. Nos altera esa pequeña fricción entre lo que imaginamos y lo que finalmente es.
Hay una forma de insistencia que nace del compromiso.
Y hay otra que nace del cansancio de no poder soltar.
No son lo mismo.
La primera construye.
La segunda desgasta.
Con los años, una aprende que no todo lo que se resiste necesita ser vencido. Hay cosas que sí requieren constancia, paciencia y trabajo. Pero hay otras que simplemente ponen a prueba nuestra necesidad de control.
Y ahí conviene detenerse.
No para renunciar a hacer las cosas bien, sino para preguntarnos si realmente vale la pena seguir concediéndole tanta importancia a algo tan pequeño.
Porque a veces lo que no termina de encajar no está arruinando nada.
Solo está desafiando nuestra idea de cómo debían ser las cosas.
Y no es lo mismo.
Quizás madurar también consista en eso: en reconocer cuándo seguir afinando y cuándo, sencillamente, dejar de pelear con lo que no va a cambiar hoy.
No todo necesita una solución inmediata.
Pero, más importante aún, no toda imperfección merece convertirse en una batalla.
Por cierto… hay cosas que se resisten a cambiar, pero a veces lo que sí puede cambiar es nuestra insistencia en no dejarlas ir.
Nos encontramos el próximo viernes, aquí, en BINOLA.
Waleska Albino
Fundadora y Editora · BINOLA
