Imagen: Archivo personal de Waleska Albino.
Vivimos pensando en lo próximo, incluso cuando todavía tenemos cosas por disfrutar en el presente.
Hay días en los que tengo la impresión de que vivimos más pendientes de lo que viene que de lo que estamos haciendo.
Mientras hacemos una cosa, pensamos en la siguiente. Organizamos el fin de semana antes de terminar el lunes. Planificamos las vacaciones mientras todavía tenemos una maleta sin deshacer. Y cuando finalmente conseguimos algo que llevábamos tiempo esperando, casi sin darnos cuenta comenzamos a pensar en lo próximo.
No sé exactamente en qué momento empezamos a vivir así.
Quizás tenga que ver con la velocidad a la que se mueve todo, con nuestras responsabilidades o con esa sensación de que siempre hay algo pendiente que necesita nuestra atención.
Yo misma me descubro haciéndolo con frecuencia.
Tengo una lista mental que parece no terminar nunca. Ideas que quiero desarrollar, lugares que deseo conocer, proyectos que me entusiasman y otros tantos asuntos cotidianos que reclaman su espacio. Me gusta construir, organizar y tener algo por delante. No creo que haya nada malo en ello.
Pero últimamente he pensado en cuánto dejamos de disfrutar por estar demasiado pendientes de lo que viene.
Nos acostumbramos tanto a funcionar con objetivos y fechas que incluso nuestro tiempo libre termina formando parte de una agenda. Si tenemos un fin de semana disponible, buscamos cómo aprovecharlo. Si viajamos, queremos conocer tantos lugares como sea posible. Si conseguimos terminar algo antes de tiempo, inmediatamente buscamos qué más podemos adelantar.
Y así, sin darnos cuenta, convertimos casi todo en una tarea.
Lo curioso es que muchas veces son precisamente los momentos que no planificamos los que más disfrutamos. Una conversación que se extiende más de lo previsto, un café sin ninguna prisa, una tarde en casa o simplemente un rato en el que no tenemos que cumplir con nada.
No porque sean experiencias extraordinarias, sino porque también necesitamos tiempo para hacer cosas sin estar pendientes de un resultado.
Y no siempre resulta fácil.
A mí, particularmente, me entusiasma pensar en todo lo que todavía quiero hacer. Disfruto organizar mis proyectos, preparar un viaje o imaginar cómo llevar una idea a la realidad. Pero también he comenzado a prestar más atención a esos pequeños momentos que ocurren mientras estoy ocupada haciendo otros planes.
Porque difícilmente llegará el día en el que podamos decir que absolutamente todo está resuelto. Siempre habrá una llamada que hacer, un correo que contestar, una decisión que tomar o una nueva oportunidad que considerar.
Y mientras tanto, la vida cotidiana continúa.
Hay personas con quienes compartir, conversaciones que merecen un poco más de tiempo y pequeños logros que, aunque no formen parte de una gran celebración, también tienen su importancia.
No todas las etapas necesitan estar marcadas por un acontecimiento extraordinario. Tampoco tenemos que llenar cada espacio disponible con actividades o compromisos para sentir que estamos aprovechando nuestro tiempo.
A veces estamos tan ocupados esperando que algo suceda que olvidamos reconocer todo lo que ya comenzó.
No tengo intención de abandonar mis planes ni de dejar de organizar mi calendario. Seguiré haciendo listas, trabajando en mis proyectos y emocionándome con lo que está por llegar. Esa también es parte de quien soy.
Simplemente, no quisiera que el deseo de hacer tantas cosas me impida disfrutar de aquellas que ya forman parte de mi vida.
Y quizás eso sea algo que también necesito recordarme de vez en cuando.
Por Cierto… no todo tiene que suceder ahora.
Nos encontramos el próximo viernes, aquí, en BINOLA.
Waleska Albino
Fundadora y Editora · BINOLA
