Vestirse bien sin perseguir tendencias: el regreso del estilo personal

Foto: Anna Zhukkova / Shutterstock.com

En contexto

Durante años, la moda nos ha acostumbrado a mirar hacia afuera antes de mirar nuestro propio armario.

Cada temporada llega acompañada de nuevos colores, siluetas, zapatos, bolsos y proporciones que parecen anunciar qué debemos usar ahora. Las redes sociales aceleraron todavía más ese ciclo. Una prenda puede aparecer repetidamente durante unas semanas, convertirse en objeto de deseo y desaparecer casi con la misma rapidez con la que llegó.

No tengo nada en contra de las tendencias. Algunas me gustan, otras no, y de vez en cuando encuentro una que termina formando parte de mi manera de vestir mucho después de que deja de ser novedad.

El problema comienza cuando estar a la moda se convierte en el criterio principal para vestirse bien.

Porque podemos llevar exactamente lo que dicta una temporada y no sentirnos particularmente bien vestidos. También podemos repetir un pantalón que lleva años en nuestro armario, combinarlo de una manera diferente y sentir que funciona perfectamente.

Tal vez por eso resulta interesante observar que, después de años dominados por microtendencias y ciclos cada vez más rápidos, el estilo personal vuelve a ocupar espacio en la conversación sobre moda.

No como una nueva tendencia.

Como una forma de recuperar criterio.

¿En qué momento comenzamos a vestirnos para seguir el ritmo?

La moda siempre ha cambiado. Esa transformación forma parte de lo que la hace interesante.

Lo diferente hoy es la velocidad.

Antes, las tendencias estaban más vinculadas a temporadas relativamente definidas. Ahora aparecen constantemente. Una fotografía, una celebridad, una pasarela o un video pueden convertir una silueta específica en tendencia casi de inmediato.

Y cuando tenemos acceso permanente a esas imágenes, resulta muy fácil confundir exposición con necesidad.

Vemos algo muchas veces y comenzamos a pensar que nos falta.

Un determinado pantalón. Una nueva forma de bolso. El zapato que parece estar en todas partes. Un color que hace seis meses apenas considerábamos y que repentinamente aparece en cada vitrina.

Yo también miro moda. Me gusta descubrir qué está cambiando y observar cómo regresan determinadas siluetas. Pero una cosa es prestar atención y otra muy distinta permitir que cada cambio determine lo que compramos.

No todo lo nuevo necesita entrar en nuestro armario.

Y no todo lo que deja de estar de moda necesita salir.

El estilo personal no se compra de una sola vez

Probablemente una de las razones por las que perseguimos tendencias es porque ofrecen una respuesta rápida.

Nos dicen qué usar.

El estilo personal exige algo más complicado: decidir.

Decidir qué colores nos favorecen y cuáles simplemente nos gustan en otras personas. Qué proporciones funcionan con nuestro cuerpo. Qué prendas representan nuestra vida real. Qué estamos dispuestos a repetir y qué compramos únicamente para una ocasión que no sabemos cuándo llegará.

Eso no se aprende en una tarde.

El estilo se construye lentamente, muchas veces mediante errores. Compramos algo que parecía perfecto y casi nunca usamos. Descubrimos que una determinada silueta funciona mejor de lo que esperábamos. Repetimos una combinación tantas veces que termina convirtiéndose, sin haberlo planificado, en parte de nuestra identidad.

Con el tiempo comenzamos a reconocer ciertos patrones.

Yo sé, por ejemplo, que hay prendas que puedo admirar sin querer llevarlas. Aprender esa diferencia evita muchas compras.

Una cosa puede ser preciosa.

No necesariamente tiene que ser para mí.

Vestirse bien no significa vestirse diferente todos los días

Existe una idea particularmente extraña asociada con la moda contemporánea: que repetir demasiado una prenda demuestra falta de imaginación.

Creo exactamente lo contrario.

Cuando alguien desarrolla un estilo reconocible, normalmente existen elementos que se repiten.

Puede ser una silueta, una paleta de colores, determinada forma de utilizar accesorios o simplemente una manera consistente de combinar prendas.

La repetición crea identidad y eso también aplica para la moda.

Hay personas extraordinariamente bien vestidas cuyo armario probablemente resultaría mucho menos espectacular de lo que imaginamos. La diferencia está en que saben utilizarlo.

Una camisa blanca no necesita reinventarse cada temporada. Un pantalón negro de buen corte tampoco. Un blazer, un buen abrigo, unos zapatos que funcionan con distintas combinaciones o un bolso que mejora con los años pueden participar en decenas de versiones de nosotros mismos.

Quizás deberíamos dejar de preguntar tantas veces ¿esto todavía está de moda? y comenzar a preguntar ¿todavía me gusta?

No es exactamente lo mismo.

Mujer con abrigo beige y sombrero caminando por la ciudad
Foto: Anna Zhukkova / Shutterstock.com

La diferencia entre admirar una tendencia y adoptarla

Hay tendencias que disfruto muchísimo, aunque sepa que nunca llegarán a mi armario.

Eso también forma parte de disfrutar la moda.

No necesitamos convertir cada referencia que nos inspira en una compra. Podemos apreciar una colección, una combinación de colores o una silueta simplemente porque nos resulta interesante.

Cuando una tendencia sí nos atrae, hay otra pregunta que me parece útil:

¿La usaría si dejara de verla en todas partes mañana?

Si la respuesta es sí, probablemente existe una afinidad real.

Si la respuesta es no, quizás lo que nos atrae no sea la prenda, sino la repetición.

Esta distinción parece pequeña, pero cambia considerablemente la forma de comprar.

Un armario debería parecerse a nuestra vida

Hay armarios llenos de versiones de una vida que prácticamente nunca ocurre.

Ropa para cenas que no tenemos. Zapatos que no soportamos durante más de una hora. Prendas que requieren una ocasión tan específica que pasan años esperando su momento.

He aprendido que una de las mejores formas de evaluar una compra es mucho menos emocionante: pensar dónde la voy a usar.

No dónde podría usarla.

Dónde realmente la usaré.

Nuestra ropa debería responder a cómo vivimos: al trabajo que hacemos, al clima donde estamos, a cuánto viajamos, a los lugares que frecuentamos y, sobre todo, a cómo queremos sentirnos cuando nos vestimos.

Eso no significa renunciar a prendas especiales. Significa reconocer que un armario funcional necesita una relación razonable entre fantasía y realidad.

La moda puede inspirar nuestra vida.

No debería inventarnos una que no tenemos.

Mujer con traje gris y camisa blanca
Foto: LightField Studios / Shutterstock.com

Comprar menos puede exigir elegir mejor

Hablar de estilo personal inevitablemente conduce a hablar de consumo.

No porque exista una cantidad correcta de ropa que todos debamos tener, sino porque comprar constantemente hace más difícil descubrir qué nos gusta realmente.

Cuando cada semana entra algo nuevo, pocas prendas tienen oportunidad de convertirse en favoritas.

Elegir con mayor intención cambia la pregunta. En lugar de pensar únicamente si algo nos gusta, comenzamos a evaluar cómo encaja con lo que ya tenemos.

¿Puedo utilizarlo de varias maneras?

¿Funciona con mis zapatos?

¿Me gusta el tejido?

¿Está bien construido?

¿Me sentiré cómoda?

¿Necesita cuidados que realmente estoy dispuesta a darle?

Y quizás la pregunta más reveladora:

¿Lo compraría si nadie supiera que es nuevo?

La respuesta puede decir bastante sobre por qué lo queremos.

Las tendencias pueden entrar; no tienen que dirigir

Tener estilo personal tampoco significa construir un uniforme.

Sería aburrido.

La moda permite experimentar, y una tendencia puede ser precisamente lo que necesitamos para descubrir algo que nunca habíamos considerado.

Podemos probar una proporción diferente, incorporar un color inesperado o recuperar una pieza que llevaba años guardada.

La diferencia está en quién toma la decisión.

Cuando conocemos mejor nuestro estilo, las tendencias dejan de funcionar como instrucciones y comienzan a funcionar como posibilidades.

Algunas entran.

Otras pasan de largo.

Y ninguna necesita provocar una crisis en el armario.

El valor de conservar

Hay algo especialmente atractivo en una prenda que ha permanecido con nosotros durante años.

No necesariamente porque fuera costosa.

Puede ser porque tiene el corte correcto, porque ha envejecido bien o porque continúa resolviendo exactamente lo que necesitamos.

En una industria construida alrededor de la novedad, conservar también puede ser una decisión de estilo.

Una buena prenda adquiere contexto. Recordamos dónde la compramos, cómo solíamos combinarla y las distintas etapas en las que nos acompañó.

No todo merece conservarse, por supuesto. Nuestros cuerpos cambian, nuestra vida cambia y nuestro gusto también.

Pero renovar un armario no debería significar empezar nuevamente cada temporada.

Hay piezas que merecen quedarse.

¿Está regresando realmente el estilo personal?

En realidad, nunca desapareció.

Lo que ocurrió es que durante un tiempo resultó mucho más difícil verlo entre tanta información.

Ahora parece existir cierto cansancio frente a la velocidad de las microtendencias y, al mismo tiempo, una mayor curiosidad por guardarropas más personales, prendas que puedan permanecer y piezas con historia.

Me interesa ese cambio porque devuelve a la persona al centro de la conversación.

La ropa vuelve a ser una herramienta para expresar quiénes somos, no solamente para demostrar que sabemos qué está ocurriendo.

El criterio también se viste

No creo que exista una fórmula universal para vestirse bien.

Y espero que nunca exista.

Para algunas personas será un armario lleno de color; para otras, prácticamente todo será negro. Alguien encontrará su identidad mezclando estampados y otra persona en la precisión de una camisa blanca y un pantalón impecable.

Lo interesante no es que todos lleguemos al mismo resultado.

Es saber por qué elegimos el nuestro.

Podemos mirar pasarelas, seguir diseñadores, disfrutar las tendencias y comprar algo simplemente porque nos enamoró.

La moda debería permitir todo eso.

Lo único que no necesita hacer es decidir por nosotros.

Vestirse bien no consiste en mantenerse al día con todo lo que cambia.

A veces consiste precisamente en saber qué dejar pasar.

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