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Hay casas que son preciosas y, sin embargo, cuando las miro pienso: ¿dónde está todo?
¿Dónde están los libros que alguien estaba leyendo? ¿La manta que realmente se usa? ¿La taza que quedó sobre una mesa? ¿Ese objeto que quizás no combina perfectamente con nada, pero que alguien decidió conservar porque simplemente le gusta?
Durante años nos acostumbramos a ver una versión muy específica del interior perfecto: superficies completamente despejadas, colores neutros, muebles perfectamente coordinados y prácticamente ninguna señal de la vida cotidiana.
Entiendo perfectamente por qué nos gustó.
A mí también me gustan los espacios serenos. Me gusta el orden, una paleta bien pensada y esa sensación de entrar a una habitación donde nada parece competir por nuestra atención.
Pero últimamente me interesa otra cosa.
Me gustan los espacios que siguen siendo hermosos después de que alguien se sentó en el sofá. Los que pueden recibir un libro, una copa de vino, una manta fuera de lugar o una silla que no pertenece exactamente a la misma colección.
Espacios que no necesitan permanecer intactos para funcionar.
Y quizás por eso me resulta tan interesante lo que está ocurriendo ahora en el diseño: después de años persiguiendo interiores casi perfectos, estamos permitiendo que vuelvan a sentirse vividos.
En contexto
Los interiores están recuperando color, textura, libros, arte, maderas más profundas y piezas de distintas épocas. Las tendencias de diseño que están tomando fuerza en 2026 apuntan hacia ambientes más expresivos, táctiles y personales, con mayor mezcla de materiales y menos dependencia de fórmulas perfectamente coordinadas.
Pero no creo que esto signifique que el orden haya dejado de importar.
Tampoco significa llenar cada superficie.
Para mí, el cambio está en algo mucho más sencillo: una casa bonita ya no tiene que parecer intocable.
Y esa diferencia me encanta.
¿En qué momento empezamos a diseñar para la fotografía?
Las redes sociales nos dieron acceso a una cantidad extraordinaria de inspiración.
Antes de comprar una lámpara puedo ver cien. Antes de elegir un sofá puedo entrar, desde mi teléfono, a casas en Madrid, París, Ciudad de México, Nueva York o Copenhague.
Eso es maravilloso.
Pero también ocurrió algo curioso: después de mirar tantas casas diferentes, muchas comenzaron a parecerse.
Durante un tiempo vimos una y otra vez los mismos interiores extremadamente pulidos. Blancos, cremas, grises, madera clara. Mesas casi vacías. Cocinas donde aparentemente nadie cocinaba. Sofás donde ninguna manta parecía haber sido utilizada jamás.
Todo estaba perfectamente colocado.
Y debo admitir que comprendo el atractivo porque parte de esa estética también me gusta.
El problema aparece cuando confundimos serenidad con ausencia.
Una habitación puede estar impecablemente diseñada y aun así no despertar ninguna curiosidad. Nada sorprende. Nada interrumpe. Nada nos obliga a mirar una segunda vez.
Y para mí, ahí empieza a faltar algo.
Una casa vivida no es una casa desordenada
Esta distinción es importante.
Cuando digo que quiero una casa que se sienta vivida, no estoy hablando de abandonar el orden ni de dejar cosas por todas partes.
Estoy hablando de permitir que la vida ocurra dentro del diseño.
Los libros pueden estar accesibles porque alguien realmente los lee. Una manta puede permanecer cerca del sofá porque alguien realmente la usa. Una mesa puede cambiar durante el día. Los objetos pueden moverse.
No todo tiene que regresar cada noche a la posición exacta que tenía en la fotografía.
Eso me parece mucho más interesante que intentar mantener permanentemente una escenografía.
Hay una diferencia enorme entre organizar y escenificar.
Organizar hace que la vida sea más fácil. Escenificar intenta conservar una imagen.
Yo prefiero lo primero.
Ya no quiero que todo combine
Durante mucho tiempo nos enseñaron que una habitación funcionaba mejor cuando todo pertenecía al mismo lenguaje.
La misma madera.
El mismo acabado.
Los mismos metales.
Los muebles de la misma colección.
Era difícil equivocarse.
También era difícil sorprender.
Ahora me atrae mucho más una mesa contemporánea acompañada por una silla tradicional, una lámpara escultórica sobre un mueble sencillo o una obra moderna encima de una consola que claramente pertenece a otra época.
No necesito que todo combine.
Necesito que converse.
Y esa diferencia cambia por completo la manera de elegir.
Cuando dejamos de comprar conjuntos y comenzamos a seleccionar piezas individualmente, tenemos que prestar más atención a las proporciones, los materiales y los pequeños elementos que conectan unas cosas con otras.
Es más difícil.
Pero también es mucho más personal.

Y sí, quiero que vuelva el color
Nunca he pensado que una casa elegante tenga que renunciar al color.
Los neutros continúan teniendo un lugar importante —y probablemente siempre lo tendrán—, pero estamos viendo regresar marrones profundos, verdes oliva, terracotas, azules apagados, cremas cálidos y maderas más oscuras.
Houzz, por ejemplo, ha identificado en sus búsquedas de 2026 un fuerte crecimiento del interés por tonos cálidos y terrosos: óxido, marrón chocolate, mushroom, salvia, taupe y crema.
No significa que tengamos que pintar mañana una habitación completa de verde.
El color puede aparecer en una silla. En una obra. En unas cortinas. En un cojín.
Yo prefiero utilizar los tonos profundos de esa manera: deliberadamente.
Un azul marino, un verde oscuro o un marrón cálido pueden cambiar completamente una habitación sin tener que dominarla.
A veces una sola decisión de color es suficiente para despertar un espacio.
Quiero materiales que puedan envejecer
También estoy cansada de la idea de que todo tiene que permanecer exactamente como salió de la caja.
Hay materiales que se vuelven más interesantes con el tiempo.
La madera cambia. El latón adquiere pátina. El lino se suaviza. Algunas cerámicas tienen pequeñas irregularidades. Una mesa comienza a mostrar discretamente que ha sido utilizada.
Y eso no necesariamente las hace menos bonitas.
Durante mucho tiempo parecía que cualquier señal del paso del tiempo debía esconderse. Ahora estamos recuperando el placer de los materiales que pueden transformarse.
Me gusta esa idea.
Una casa no debería exigirnos estar constantemente protegiéndola de la vida que ocurre dentro de ella.
Los objetos pueden regresar
También estamos viendo regresar algo que durante el minimalismo extremo prácticamente desapareció: las cosas.
Libros. Arte. Fotografías. Cerámica. Objetos encontrados durante un viaje. Piezas que hemos tenido durante años.
Pero aquí también tengo un límite.
No quiero llenar una superficie simplemente porque ahora esté de moda que las casas parezcan más “coleccionadas”.
El carácter tampoco se compra por docenas.
Prefiero una pieza que realmente me interese a diez accesorios comprados únicamente para llenar una consola.
Hay objetos que necesitan espacio.
Una obra puede ser suficiente para una pared. Una cerámica puede ser suficiente para una mesa. Tres libros pueden verse mejor que veinte objetos intentando llamar nuestra atención.
No se trata de vaciar.
Tampoco de acumular.
Se trata de elegir.
Me gusta cuando algo rompe un poco las reglas
Algunos de los interiores que más me interesan tienen algo que, técnicamente, podría no estar ahí.
Una silla diferente.
Una lámpara ligeramente demasiado grande.
Una obra colocada donde no esperábamos encontrarla.
Dos tonos de madera que alguien nos habría dicho que no debíamos mezclar.
Y precisamente eso es lo que recuerdo.
La imperfección interesante no significa hacer las cosas al azar. De hecho, conseguir que una combinación inesperada funcione puede requerir mucho más criterio que comprar todo coordinado.
Pero cuando funciona, desaparece esa sensación de que la habitación fue comprada completa.
Empieza a sentirse construida poco a poco.
La prueba definitiva ocurre cuando alguien se sienta
Una fotografía puede hacernos creer que una habitación funciona.
Pero la verdad aparece cuando la usamos.
¿El sofá es cómodo?
¿Podemos colocar una copa cerca?
¿Hay suficiente luz para leer?
¿Podemos caminar sin esquivar muebles?
¿Una persona puede mover una silla sin sentir que acaba de destruir la composición?
Esas preguntas me importan tanto como el color de una pared.
Cuando preparo un espacio quiero disfrutar cómo se ve, por supuesto. Pero también quiero que pueda utilizarse sin demasiadas instrucciones.
No quiero una casa donde alguien tenga que preguntar dónde puede sentarse.
La belleza y la funcionalidad no deberían competir.
Un buen espacio tiene que ofrecernos ambas.

Entonces, ¿se acabaron los interiores perfectos?
No creo.
Siempre habrá casas minimalistas extraordinarias. Siempre habrá personas que prefieran líneas muy precisas, pocos objetos y paletas reducidas.
Y eso también puede tener muchísimo carácter.
Lo que me parece que estamos dejando atrás es otra cosa: la idea de que existe una sola manera de hacer que una casa se vea elegante.
Una habitación no necesita estar vacía para ser sofisticada.
El color no elimina el refinamiento.
Mezclar estilos no significa perder dirección.
Y dejar un libro sobre una mesa definitivamente no arruina el diseño.
Quizás simplemente estamos permitiendo que nuestras casas respiren un poco más.
Más vida, menos perfección
De todo este cambio, hay algo que me interesa especialmente: no necesitamos salir a comprar una nueva estética.
Podemos empezar con lo que ya tenemos.
Mover una lámpara. Sacar algunos libros. Recuperar una pieza que habíamos guardado. Introducir un color. Mezclar algo nuevo con algo que lleva años con nosotros.
Y observar.
No todo tiene que resolverse inmediatamente.
Porque quizás el verdadero cambio está precisamente ahí: dejar de tratar nuestras casas como una imagen terminada.
Quiero una casa bonita.
Quiero orden.
Quiero elegir bien.
Pero también quiero poder sentarme en el sofá, abrir un libro, dejar una copa sobre la mesa y olvidarme por un rato de si todo continúa exactamente donde debería estar.
Porque una casa puede estar cuidadosamente diseñada y seguir cambiando.
Puede ser elegante y mostrar señales de vida.
Puede estar organizada sin parecer una escenografía.
Y entre un interior que permanece perfecto y uno que nos permite vivir dentro de él, yo sé perfectamente cuál escogería.
