Viajar despacio: cuando conocer un lugar importa más que verlo todo

Mujer viajando a pie por el centro urbano de Dubái

Foto: kudla / Shutterstock

Hay viajes que comienzan mucho antes de hacer una maleta. Empiezan con una lista.

Los lugares que hay que visitar. El restaurante que hay que probar. La fotografía que hay que tomar. El museo que no podemos dejar fuera. El café que alguien recomendó. El barrio que apareció una y otra vez en Instagram.

He viajado durante muchos años y conozco bien esa sensación de llegar a un destino queriendo aprovechar cada minuto. Cuando tenemos pocos días, parece lógico: si hemos cruzado cientos o miles de kilómetros para estar allí, queremos verlo todo.

Pero con el tiempo he empezado a preguntarme si esa necesidad de verlo todo no termina, paradójicamente, impidiéndonos conocer.

Podemos regresar a casa con cientos de fotografías, una lista impecablemente completada y la sensación de haber hecho muchísimo. Y, sin embargo, haber pasado por un lugar sin haber tenido realmente tiempo de observarlo.

En medio de una cultura que nos invita constantemente a hacer más, existe otra manera de pensar el viaje: viajar despacio.

No necesariamente durante más tiempo. No necesariamente más lejos. Simplemente de otra manera.

¿En qué momento viajar se convirtió en una lista?

Nunca habíamos tenido tanta información disponible antes de llegar a un destino.

En segundos podemos saber qué visitar, dónde comer, desde qué punto fotografiar un monumento e incluso cuál es la mesa más bonita de un restaurante.

Esa información puede ser extraordinariamente útil. También puede producir una consecuencia curiosa: llegamos sabiendo demasiado sobre lo que según leímos tenemos que encontrar.

El viaje empieza a parecerse a una colección de expectativas.

Hay que llegar al lugar famoso. Conseguir la fotografía. Continuar hacia el siguiente punto. Y después hacia el siguiente.

Quizás por eso resulta interesante detenernos ante una pregunta sencilla:

¿Estamos viajando para conocer o para completar?

No hay una respuesta universal. Tampoco creo que exista una manera correcta de viajar.

Pero sí vale la pena preguntarnos qué sucede cuando dejamos un poco de espacio entre una experiencia y la siguiente.

Qué es el slow travel —y qué no es

El término slow travel o viaje lento, relacionado con el concepto de slow tourism o turismo lento, suele asociarse con viajes largos, trenes atravesando Europa o semanas viviendo tranquilamente en una pequeña ciudad.

La idea es bastante más amplia.

La literatura académica reconoce que no existe una única definición del concepto. Una investigación sobre la conceptualización del turismo lento lo describe como una elección consciente de reducir el ritmo durante el viaje teniendo en cuenta el entorno, las comunidades locales y la propia experiencia. Entre sus dimensiones aparecen la flexibilidad, la interacción social, el consumo local y algo particularmente sencillo: vivir el momento.

Eso cambia considerablemente la conversación.

Viajar despacio no significa necesariamente desplazarse despacio.

Significa prestar atención.

Caminar una calle sin pensar inmediatamente en el próximo destino. Sentarse a comer sin mirar constantemente la hora. Entrar en un mercado porque algo llamó nuestra atención aunque no estuviera en el itinerario. Observar cómo cambia una ciudad cuando termina la jornada laboral. Escuchar el idioma. Mirar la arquitectura. Reconocer que detrás del destino turístico existe un lugar donde otras personas simplemente están viviendo.

Viajero caminando y descubriendo una ciudad con cámara y mochila
Foto: PeopleImages / Shutterstock.com

Viajar despacio no significa viajar durante semanas

Aquí aparece una de las contradicciones del concepto.

Hablar de slow travel puede convertirse fácilmente en otra versión idealizada del viaje: largas vacaciones, itinerarios flexibles y tiempo aparentemente ilimitado.

La realidad es diferente.

Tenemos trabajos. Familias. Presupuestos. Calendarios. Responsabilidades.

Para muchas personas, cuatro días son cuatro días. No existe la posibilidad de convertirlos mágicamente en tres semanas.

Y precisamente por eso creo que viajar despacio no debería medirse únicamente en días.

Tal vez se mida en decisiones.

Podemos tener cuatro días y aceptar que no veremos veinte lugares.

Podemos escoger cinco.

Podemos permanecer un poco más.

Podemos dejar una tarde sin programar.

Podemos regresar a casa sin haber visto “todo”.

Eso no necesariamente significa haber aprovechado menos el viaje.

Quizás significa haber estado más presentes en él.

Cuando dejamos espacio para conocer un lugar

Hay una diferencia entre visitar un lugar y empezar a comprenderlo.

Muchas veces esa diferencia aparece en cosas pequeñas.

La comida cotidiana. Los mercados. Las conversaciones. Los pequeños comercios. La manera en que las personas utilizan los espacios públicos. Las horas en que una ciudad despierta y las horas en que parece detenerse.

Vendedora ambulante en el casco antiguo de Hanoi, Vietnam
Foto: Tony Duy / Shutterstock.com

También parece existir un interés creciente por esa dimensión del viaje.

En una investigación global realizada por Booking.com en 2025 entre 32,000 viajeros de 34 países, 77% dijo buscar experiencias auténticas representativas de la cultura local, mientras que 73% quería que el dinero gastado durante sus viajes regresara a las comunidades que visitaba.

Son intenciones, no necesariamente comportamientos. Y esa diferencia importa.

Pero los datos revelan algo interesante: para muchos viajeros, conocer un destino empieza a significar algo más que visitar sus atracciones principales.

Significa también entender quién vive allí.

El destino también tiene su propio ritmo

Hay algo que a veces olvidamos cuando viajamos:

nuestro destino es la casa de alguien.

La plaza que fotografiamos puede ser el camino cotidiano de otra persona. El barrio que descubrimos puede ser una comunidad que lleva generaciones viviendo allí. La playa que visitamos durante unas horas forma parte de un ecosistema que continúa cuando nosotros nos marchamos.

El turismo puede generar empleo, intercambio cultural e importantes recursos económicos. También puede producir presión sobre infraestructura, recursos y comunidades cuando el volumen o la forma en que viajamos supera la capacidad de un lugar para absorberlo.

La propia investigación de Booking.com encontró que más de la mitad de los viajeros encuestados ya era consciente del impacto del turismo sobre las comunidades locales, mientras residentes señalaban problemas como tráfico, basura, saturación y aumento del costo de vida.

Documentos de UNESCO sobre la gestión del turismo también advierten que sus beneficios económicos no siempre se distribuyen de forma equitativa entre las comunidades que soportan sus efectos.

Esto no significa que debamos dejar de viajar.

Significa que podemos hacerlo con mayor conciencia de nuestra presencia.

¿Es el slow travel realmente más sostenible?

Aquí conviene resistir otra simplificación.

Viajar despacio no convierte automáticamente un viaje en sostenible.

Quedarnos más tiempo en un destino no elimina el impacto del transporte que utilizamos para llegar. Comprar “local” no garantiza que nuestro consumo beneficie de manera equitativa a una comunidad. Y buscar experiencias “auténticas” puede convertirse también en otra forma de consumo turístico.

La propia investigación sobre turismo lento muestra que la sostenibilidad es parte importante del concepto, pero no su única dimensión. También intervienen la relación con el lugar, la interacción social, la experiencia, la flexibilidad y la capacidad de permanecer en el presente.

Por eso prefiero pensar en el slow travel menos como una etiqueta y más como una pregunta:

¿Podemos relacionarnos de otra manera con los lugares que visitamos?

Quizás significa comprar en un negocio independiente.

Caminar cuando sea posible.

Aprender algunas palabras del idioma.

Conocer las costumbres antes de llegar.

Preguntar antes de fotografiar.

Viajar fuera de temporada cuando nuestras circunstancias lo permitan.

O simplemente recordar que ser visitante también implica saber observar.

La investigación más reciente sobre hábitos de viaje recoge precisamente esa preocupación: residentes consultados quieren que los visitantes comprendan mejor las normas y costumbres locales, mientras se recomienda conocer previamente aspectos como etiqueta, vestimenta, prácticas religiosas y restricciones de determinados espacios.

No son grandes gestos.

Pero quizás viajar conscientemente nunca se trató de hacer grandes gestos.

Viajar menos deprisa, mirar un poco más

Con los años he entendido que no recuerdo todos los lugares que marqué como visitados.

Recuerdo otras cosas.

Una conversación inesperada.

Una calle por la que decidí caminar sin saber exactamente adónde llevaba.

Una comida que no estaba en ninguna lista.

Una mañana en la que no había nada programado.

Momentos aparentemente pequeños que terminaron convirtiéndose en algunos de los recuerdos más claros de un viaje.

Por eso no creo que viajar despacio signifique renunciar a los monumentos importantes, abandonar los itinerarios o sentirnos culpables por querer conocer lugares famosos.

Significa permitir que exista algo entre ellos.

Tiempo para mirar.

Tiempo para cambiar de opinión.

Tiempo para descubrir algo que ningún algoritmo había seleccionado previamente para nosotros.

Tal vez viajar despacio sea simplemente dejar suficiente espacio para que el lugar también participe en el viaje.

Porque conocer un destino no siempre depende de cuánto logramos ver, sino de cuánto permitimos que ese lugar nos muestre

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